Desaparecen sin dejar rastro. desde Las Hurdes a California. El llamado «Síndrome del Desabejamiento de las Colmenas» está matando a millones de abejas de medio mundo. Científicos españoles aseguran que el «asesino múltiple» es un parásito procedente de Asia. Otros expertos creen que el cambio climático, la calidad del polen o los pesticidas serían las causas. Incluso las radiaciones de los teléfonos móviles. Fundamentales en la polinización de los cultivos, su ausencia provocaría una catástrofe ecológica. Apicultores de nuestro país registran pérdidas de hasta el 40%.
En el Centro Apícola de Guadalajara, en la localidad de Marchamalo, se investiga esta pandemia.
Desde que se dio la voz de alerta sobre la masiva desaparición de las abejas –un misterioso fenómeno conocido como «Síndrome de Desabejamiento de las Colmenas»– los apicultores citan a Einstein con la misma naturalidad que un hombre de campo recurre al refranero. Según la frase atribuida al científico, «si la abeja desapareciera de la Tierra, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres».
El Archivo Oficial de Einstein en Jerusalén desmiente que tal profecía saliera de su boca, pero la cita tiene un fondo de verdad: la naturaleza no sería tan fructífera sin la ayuda de estos milagrosos insectos, auténticos ángeles de la agricultura.
Tan frágiles como laboriosas, las abejas no sólo producen miel, polen, cera, propóleos o jalea real; también se encargan de libar el néctar de las flores, y al hacerlo, permiten que el polen pase de una flor a otra, lo que facilita que la fruta crezca. Se calcula que una tercera parte de lo que comemos procede de plantas o árboles que necesitan la colaboración de la apis mellifera –la especie más productiva– para desarrollarse.
El «Síndrome de Desabejamiento» o «Trastorno del Colapso de las Colonias (CCD)», como se le conoce en Estados Unidos, se manifiesta por una paulatina desaparición de las abejas obreras, sin las cuales la colmena no puede sobrevivir y acaba muriendo de inanición. En un comportamiento de lo más atípico, las pecoreadoras (buscadoras de néctar) salen en busca de comida y no regresan a su hogar, abandonando a su suerte a la abeja reina. Se supone que el letal asesino (múltiple e invisible, al menos de entrada) las mata por el camino, lo que explicaría que no haya «restos mortales» en las inmediaciones de la colmena. Imposible velar al cadáver. Aunque parezca un complicado caso de la serie de suspense CSI, esta película está sucediendo en la realidad. Y a veces da miedo.
Volatilizadas. En Estados Unidos, donde hay unos 2,5 millones de colmenas, el desasosegante zumbido se ha colado en el Congreso. A finales del pasado marzo, y ante la presión del sector apícola, la Cámara de Representantes se vio obligada a debatir el problema de las abejas volatilizadas, que ha mermado el 25% los enjambres del país.
«Hemos perdido más de medio millón de colonias, con una población de unas 50.000 abejas cada una [25 millones de insectos]», señaló Daniel Weaver, presidente de la Federación Estadounidense de Apicultores, quien apuntó que este mal –bautizado también como «el sida de las abejas» por su inusitada virulencia– afecta a unos 30 de los 50 estados, cebándose tanto en los almendros de California como en los maizales de Florida. Según un estudio de la Universidad de Cornell, el valor de los cultivos polinizados en Estados Unidos oscila entre los 2.000 y los ?4.000 millones de dólares.
Mientras se afanan en descifrar el enigma, los científicos norteamericanos barajan varias causas: desde la sequía a los pesticidas, pasando por el estrés (debido al desplazamiento de las colmenas portátiles en trailers con el fin de polinizar cultivos) o las ondas de los teléfonos móviles. Sin embargo, hasta el momento no dejan de ser meras teorías, todas ellas pendientes de comprobación científica.
Los apicultores españoles notaron los primeros síntomas a comienzos de 2000, fecha en que algunos expertos calculan que el «asesino invisible» se introdujo en nuestro país. España es el país europeo con mayor población de ganado apícola, con un total de 2.320.949 colmenas repartidas por todo el territorio nacional, según el último censo de diciembre de 2006 elaborado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA). El problema afecta a 23.265 apicultores, de los cuales el 25% son profesionales (con más de ?50 colmenas) y el 75% aficionados. La mayoría viene sufriendo pérdidas del 40%, sobre todo de septiembre a enero, aunque en primavera la cabaña vuelva a reponerse.
El síndrome se ha extendido de centro a sur, desde La Alcarria a Las Hurdes pasando por Andalucía. «En mis 83 años de vida, nunca había visto una mortandad tan elevada. Por aquí hemos conocido la micosis o pollo escayolado, que dejaba a las larvas como momificadas; la braula cloeca, un tipo de piojillo; la varroa, un ácaro que les chupa la hemolinfa, como se conoce a la sangre de las abejas... Pero nada ha causado tanto daño como esta nueva plaga. Para mí que le están echando mucha porquería al campo; algunas chupan la panocha del girasol y caen al suelo dando volteretas», comenta Pablo Martínez, un viejo apicultor de Horche (Guadalajara) que fue víctima de numerosas picaduras en su juventud y hoy se enorgullece de ser inmune al veneno.
«A veces dejo que me claven el aguijón, porque la pitoxina es buena para la artrosis y el reuma», alaba las bondades de la apiterapia mientras pasea junto a una pila de desvencijados cajones.
Dentro de estas cajas de madera, listas para ser saneadas y restauradas, están los panales muertos y apolillados que su hijo Gregorio retiró el año pasado. «De 800 colmenas se me murieron 276», se lamenta este apicultor trashumante de 48 años, que empezó como aficionado con 33 colmenas y en la actualidad posee un millar. Además de dedicarse a la producción de miel y polen, alquila panales para polinizar cerezos y manzanos en Aragón.
Síntomas. Cuando notó los primeros síntomas de desabejamiento, Gregorio envió diversas muestras (abejas adultas, crías, miel y polen) al laboratorio del Centro Apícola de Guadalajara. Fundado en ?983 y situado en la localidad alcarreña de Marchamalo, es el único de España especializado en investigación apícola.
Allí es posible toparse con un refrigerador que, en vez de guardar helados, conserva tórax y abdómenes de abejas maceradas. Después de haber analizado unas 8.000 muestras durante los últimos siete años, procedentes tanto de España como de otros países de la Unión Europea, los científicos de este laboratorio están convencidos de que el parásito «nosema ceranae» es el «asesino invisible» de las abejas. Un descubrimiento que fue publicado en la revista científica Journal of Invertebrate Pathology en 2006.
«Más de la mitad de las colmenas españolas están afectadas. Si una colmena afectada no se trata, podría morir en un año», advierte Ángel Sanz, director del centro. ¿Cómo llegaron a identificar al sospechoso? Mariano Higes, un veterinario de 40 años que lleva más de ?5 trabajando en el centro de Marchamalo y es uno de los mayores expertos europeos en patologías de abejas, explica las pesquisas: «En 2000 empezamos a detectar un aumento significativo de nosema apis al ver las esporas de este parásito en el microscopio. O eso pensábamos. Porque la sintomatología del nosema (hinchazón del vientre y diarrea por una alteración del aparato digestivo) no encajaba con lo que nos decían los apicultores: las abejas desaparecían sin dejar rastro».
Ya no bastaba con el microscopio: había que analizar el ADN del parásito. «En 2005 decidimos secuenciarlo genéticamente (como hace la policía científica de la serie CSI) y, para nuestra sorpresa, vimos que no era nosema apis, sino nosema ceranae. El investigador sueco Ingemar Fries lo había identificado en apis cerana (abeja asiática) en ?996, pero ahí lo dejó, porque en esta especie el microsporidio no causa ninguna patología.
Nuestra teoría es que entró en España en 2001 procedente de Asia, cruzando el continente europeo y pasando antes por Francia». ¿Cómo se produjo el contagio? «La abeja asiática o cerana es muy resistente a las enfermedades, pero poco productiva; por eso llevaron la abeja europea o melífera a Asia, para producir más miel. Al entrar en contacto con ésta, el parásito exótico la arrasó, saltó a su nuevo hospedador y pasó a Occidente». Como la gripe aviar, la peste porcina africana o la peste del cangrejo rojo americano, la nosemosis es una enfermedad que se está globalizando.
Si nosema apis tarda unos 30 días en matar a la abeja, nosema ceranae las extermina en tres días. Ángel Sanz, director del centro, explica la ausencia de cadáveres cerca de la colmena: «El ciclo vital de la abeja dura unos 40 días, y las que salen en busca de néctar (pecoreadoras) son las más viejas y parasitadas. Tienen el vientre destrozado (en lugar de hinchazón, se aprecia un retraimiento del abdomen; creemos que dejan de comer) y mueren exhaustas en el campo. El puñado de abejas que queda no puede mantener la termorregulación interna de la colmena ni se puede alimentar. Acaban muriendo todas, a pesar de que hay restos de miel y de polen».
Mueren en 72 horas. Aunque se pueden reinfectar –el bicho sigue presente en las heces y en el polen mezclado con saliva– lo positivo es que existe curación, como se comprueba (protegidos con mono blanco, guantes, careta y ahumador para tranquilizarlas) echando un vistazo a las 20 colmenas en observación instaladas en un huerto próximo al centro de Marchamalo. Menos una, todas están tratadas con fumagilina, el único antibiótico recomendado por la OIE (Organización Internacional de Epizootías). Los técnicos han observado que, en un plazo máximo de ?8 meses, la colmena sin tratar enferma, muere y contagia a todas las demás.
¿Hay razones para la alarma? «Sí, mientras no se adopten medidas sanitarias adecuadas. Se está dejando pasar el tiempo, se está achacando la mortandad a miles de problemas... Y el parásito cada vez tiene más prevalencia», señala Higes, a quien forzamos a imaginar la hipótesis más catastrofista. ¿Qué ocurriría si se extinguieran todas las abejas? «Sería una catástrofe medioambiental, pero los parásitos no tienden a aniquilar a sus hospedadores. Independientemente de la producción agraria, se perdería biodiversidad, entre un 30% y un 40% de las especies vegetales. La abeja es el único polinizador que queda en muchas zonas de Europa».
Sin negar la existencia de este asesino, muchos apicultores opinan que la causa puede ser multifactorial, dando a entender que al sospechoso no le faltan cómplices. «Entendemos que hay que investigar, pero sin causa específica» dice el apicultor navarro Tintxu Ruiz, responsable nacional del sector apícola del sindicato agrario COAG, que atribuye el 40% de bajas que tuvo en 2005 a la sequía. Su colega Antonio Prieto, responsable del sector apícola UPA Extremadura, que ha perdido 400 de las ?.600 colmenas y duda de la eficacia de la fumagilina, añade: «Yo no quiero saber que tengo catarro, sino cómo me he constipado».
Ante la incertidumbre del sector, el Ministerio de Agricultura puso en marcha tres proyectos de investigación centrados en el desabejamiento: el de la Junta de Castilla-La Mancha (Marchamalo), sobre etiopatogenia de la nosemosis; el de la Universidad de Valladolid, centrado en agrotóxicos; y el de la Universidad de Córdoba, sobre los factores epidemiológicos, ambientales y nutricionales. La declaración de pandemia podría ocasionar graves daños económicos a la profesión. «Hay que refrendar los datos para no crear alarma social», señala Jesús Llorente, técnico de sanidad apícola. Si para los expertos de Marchamalo el nosema ceranae es el actor principal de la película, para los de Córdoba no pasa de secundario.
Según Francisco Puertas, responsable del grupo investigador cordobés, el problema tiene tres causas: «Una nutrición deficitaria de la abeja (por la baja cantidad y calidad de polen, sobre todo en época de sequía), los plaguicidas (tipo imidacloprid y friponil, éste último usado en jardinería) y el nosema ceranae». La aparición de este protozoo, asegura Puertas, «puede ser más la consecuencia que la causa; es decir, la colmena se debilita por diversas razones y por eso aparece el parásito».
Los ecologistas tampoco se quedan al margen del debate. Juan Felipe Carrasco, responsable de Transgénicos de Greenpace, entiende que las abejas –como indicadores medioambientales debido a su alta sensibilidad a los cambios en el entorno– nos están recordando que el modelo agrario y ganadero es insostenible y está empezando a producir accidentes a muchos niveles. «Los tóxicos, los transgénicos y la erosión de la biodiversidad, así como el actual manejo convencional de las colmenas (que empobrece genéticamente a la cabaña, además de generar altos niveles de estrés a las abejas), pueden haber favorecido la aparición del parásito», denuncia.
Cambio climático. El pasado invierno se registraron 25 grados en Sevilla, y en abril nevó en Jaén... Por eso, al apicultor Ángel Díaz, responsable del sector apícola de COAG Andalucía, nadie le quita de la cabeza que el cambio climático está incidiendo en el despoblamiento. «Es un aviso de la naturaleza. Ellas se rigen por su calendario desde hace siglos, pero luego resulta que el almendro florece ?5 días antes porque se adelanta la primavera. El tiempo las engaña. Hay floraciones, pero ellas no salen por culpa del frío y se mueren de hambre. Y encima el abejaruco, que antes era un depredador de temporada, ya se ha instalado en España», sentencia este trashumante de 38 años, desde los ?3 en el oficio.
Sus 700 colmenas, situadas en Grazalema (Cádiz), sufrieron un 40% de bajas el pasado invierno, pero ya se han repoblado. «Ese porcentaje lo he perdido en miel». Acostumbra a desplazarse hasta el bajo Guadalquivir para polinizar ciruela y nectarina, y ha podido comprobar con sus propios ojos cómo «una finca baldía de caza, en contacto con las abejas, se repuebla en pocos años de conejos y perdices». El valor de la polinización en España se estima en 4.ooo millones de euros.
Y nuestro país es el mayor productor de miel de Europa. Pero en los últimos tres años, más de ?.000 criadores han abandonado el negocio ante la falta de rentabilidad: de 32.665 toneladas de miel en 2003 a 28.998 en 2006. «No es rentable. Y encima no podemos competir con la que está entrando de China, Corea o Argentina, de mucha peor calidad», se queja Pepe Loeches, un prestigioso productor musical con tres Grammy latinos, uno de ellos por Lágrimas negras.
Hastiado «de que la música se haya puesto al servicio de la técnica», hace cuatro años vendió su estudio de grabación en Madrid, se mudó al «pueblín» (Albalate de Zorita, Guadalajara) y, recordando los tiempos en que acompañaba a su padre al colmenar, en un arranque de nostalgia compró 200 colmenas y una envasadora. A pesar del síndrome maldito, su laboriosidad se ha visto recompensada: el año pasado, su miel de romero obtuvo el «premio gran selección oro» de la Denominación de Origen de la Alcarria, «la mejor del mundo». Vigoroso a sus 60 años (desayuna jalea real todas las mañanas), para sus oídos el zumbido de sus abejas es música celestial.
sábado, 12 de mayo de 2007
Una catástrofe invisible
JOAQUÍN ARAÚJO
16 de abril.- Los apicultores, sin duda, pero mucho más todavía las abejas que se asocian dentro de las colmenas prestan un servicio inestimable. Cumplen una de las misiones más necesarias de cuantas podamos identificar en este mundo. Polinizan la mayor parte de las plantas que no podrían alimentarnos si estos insectos no visitaran, cada uno, hasta 1.000 flores diarias. Cuantía que asciende a unos 75 millones de flores diarias si sumamos todas las pecoreadotas de una colonia.
Tras la fertilización, así llevada a cabo, comienza la maduración de los cereales, los frutos, las hortalizas, las verduras y las legumbres; por tanto de la práctica totalidad de lo que comemos. No conviene olvidar, al respecto, que también de esas mismas cosechas dependen los animales que convertimos en carne. Sin descartar que hasta una parte de las praderas espontáneas se reproducen igualmente por la labor de estos y otros insectos.
Podemos afirmar, por tanto, que nuestra alimentación depende en un altísimo porcentaje de la zumbante labor – continua como gratuita – que desempeñan las abejas y, en parte, los apicultores al llevar constantemente las colmenas al lado de los cultivares.
Pues bien, todo este servicio ambiental – manifiestamente inmejorable y por tanto insustituible – está siendo destrozado por la incidencia de las nuevas fórmulas químicas de las últimas generaciones de pesticidas. Las abejas están muriendo en masa, una hecatombe que llega a ser general en varios países del mundo.
Sin que un proceso tape a otro, conviene tener claro que a corto plazo este descalabro resulta más grave aún que el cambio climático. Nuestro mundo, sin duda, es cada día menos seguro.
UNA FRASE PARA REDONDEAR:
“Si las abejas desaparecieran de la Tierra, al hombre le quedarían los años contados: sin abejas no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres…”
Albert Einstein
16 de abril.- Los apicultores, sin duda, pero mucho más todavía las abejas que se asocian dentro de las colmenas prestan un servicio inestimable. Cumplen una de las misiones más necesarias de cuantas podamos identificar en este mundo. Polinizan la mayor parte de las plantas que no podrían alimentarnos si estos insectos no visitaran, cada uno, hasta 1.000 flores diarias. Cuantía que asciende a unos 75 millones de flores diarias si sumamos todas las pecoreadotas de una colonia.
Tras la fertilización, así llevada a cabo, comienza la maduración de los cereales, los frutos, las hortalizas, las verduras y las legumbres; por tanto de la práctica totalidad de lo que comemos. No conviene olvidar, al respecto, que también de esas mismas cosechas dependen los animales que convertimos en carne. Sin descartar que hasta una parte de las praderas espontáneas se reproducen igualmente por la labor de estos y otros insectos.
Podemos afirmar, por tanto, que nuestra alimentación depende en un altísimo porcentaje de la zumbante labor – continua como gratuita – que desempeñan las abejas y, en parte, los apicultores al llevar constantemente las colmenas al lado de los cultivares.
Pues bien, todo este servicio ambiental – manifiestamente inmejorable y por tanto insustituible – está siendo destrozado por la incidencia de las nuevas fórmulas químicas de las últimas generaciones de pesticidas. Las abejas están muriendo en masa, una hecatombe que llega a ser general en varios países del mundo.
Sin que un proceso tape a otro, conviene tener claro que a corto plazo este descalabro resulta más grave aún que el cambio climático. Nuestro mundo, sin duda, es cada día menos seguro.
UNA FRASE PARA REDONDEAR:
“Si las abejas desaparecieran de la Tierra, al hombre le quedarían los años contados: sin abejas no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres…”
Albert Einstein
Colmenas amenazadas
Científicos españoles descubren que un parásito asiático es la causa de la desaparición de numerosas colonias de abejas
ISABEL SALVADOR - Toledo - 12/05/2007
Un parásito procedente de Asia, el Nosema ceranae, está poniendo en riesgo a la mitad de las colmenas españolas -y ha acabado ya con una cuarta parte de las de Estados Unidos-, aquejadas por el denominado "síndrome de despoblamiento". En el Centro Apícola de Castilla-La Mancha llevan siete años trabajando para dar con el origen del mal que aqueja a las colmenas y que las aniquila en tan sólo unos meses. La alerta fue dada hace dos años por un grupo de científicos españoles, después de conseguir identificar al causante, un microorganismo que se convierte en parásito de la Apis mellifera, la abeja productora de miel.
El Centro Apícola de Castilla-La Mancha hizo el hallazgo en 2005, pero nadie les hizo caso
Los investigadores españoles remitieron en octubre de 2005 al Ministerio de Agricultura un informe en el que se advertía de la presencia del parásito, al que apuntaban como el origen del problema. Para ello analizaron miles de análisis de muestras procedentes no sólo de España, sino de Suiza, Eslovenia, o Argentina. Ahora que el síndrome ha llegado a Estados Unidos, las miradas se dirigen a los investigadores de este centro situado en Marchamalo, un pueblo de Guadalajara, que hace dos años apuntó la solución: un antibiótico que se inventó hace 60, la fumagilina. "Los americanos han creado la alarma, han lanzado la hipótesis, y ahora ya empiezan a apuntar al descubrimiento español", dice Mariano Higes, coordinador del grupo de investigación del Centro Apícola Regional.
El Nosema ceranae fue descrito en China, pero no se le había prestado atención porque se pensaba que no era patógeno para las abejas. Su origen es China, pero allí, asegura, "están en equilibrio con su hospedador; cuando el hospedador no tiene ningún mecanismo de control de estos parásitos exóticos, actúa con gran virulencia y puede diezmar las abejas". De momento se sigue investigando cómo pudo llegar hasta España, aunque se apunta a que "hay intercambio de colmenas, y de material biológico".
El problema es "realmente grave" afirma Higes, al tiempo que se lamenta de que nadie les hiciera caso hace dos años acusándoles de alarmistas. "Somos científicos, somos gente de universidad y nuestra intención no es alarmar sino solucionar problemas. Lo que nos llena de desconsuelo es que haya tenido que llegar el parásito a Estados Unidos para que se haya dado credibilidad a nuestro trabajo".
Los científicos españoles han resuelto un enigma para el que había múltiples hipótesis. En un primer momento se apuntó a los pesticidas de uso agrícola como causa, pero daba igual que las colmenas estuvieran en zonas de valle o de montaña, cerca o lejos de cultivos, porque les afectaba de la misma manera. "El problema de los pesticidas es real, son tóxicos para las abejas, pero no están detrás del despoblamiento", afirma Higes. Otras teorías apuntaban a las ondas de telefonía. Los que más cerca estaban fueron quienes sospecharon de un parásito tradicional de las abejas, el Nosema apis, pero los análisis de ADN han descartado esta teoría.
Ahora, al rebufo de la alarma procedente de EE UU, los científicos del Centro Apícola de Castilla-La Mancha han visto reconocidos sus esfuerzos. Un trabajo en el que no han estado solos. Higes insiste en mencionar al equipo del Departamento de Sanidad Animal I de la Facultad de Veterinaria de Madrid, el Departamento de Química Analítica de la Universidad de Valladolid, el equipo de parasitología de la Facultad de Farmacia de la Universidad San Pablo CEU y especialistas del laboratorio de ADN de la Policía Científica de Madrid, que en esta ocasión les han ayudado a seguir la pista a las abejas.
ISABEL SALVADOR - Toledo - 12/05/2007
Un parásito procedente de Asia, el Nosema ceranae, está poniendo en riesgo a la mitad de las colmenas españolas -y ha acabado ya con una cuarta parte de las de Estados Unidos-, aquejadas por el denominado "síndrome de despoblamiento". En el Centro Apícola de Castilla-La Mancha llevan siete años trabajando para dar con el origen del mal que aqueja a las colmenas y que las aniquila en tan sólo unos meses. La alerta fue dada hace dos años por un grupo de científicos españoles, después de conseguir identificar al causante, un microorganismo que se convierte en parásito de la Apis mellifera, la abeja productora de miel.
El Centro Apícola de Castilla-La Mancha hizo el hallazgo en 2005, pero nadie les hizo caso
Los investigadores españoles remitieron en octubre de 2005 al Ministerio de Agricultura un informe en el que se advertía de la presencia del parásito, al que apuntaban como el origen del problema. Para ello analizaron miles de análisis de muestras procedentes no sólo de España, sino de Suiza, Eslovenia, o Argentina. Ahora que el síndrome ha llegado a Estados Unidos, las miradas se dirigen a los investigadores de este centro situado en Marchamalo, un pueblo de Guadalajara, que hace dos años apuntó la solución: un antibiótico que se inventó hace 60, la fumagilina. "Los americanos han creado la alarma, han lanzado la hipótesis, y ahora ya empiezan a apuntar al descubrimiento español", dice Mariano Higes, coordinador del grupo de investigación del Centro Apícola Regional.
El Nosema ceranae fue descrito en China, pero no se le había prestado atención porque se pensaba que no era patógeno para las abejas. Su origen es China, pero allí, asegura, "están en equilibrio con su hospedador; cuando el hospedador no tiene ningún mecanismo de control de estos parásitos exóticos, actúa con gran virulencia y puede diezmar las abejas". De momento se sigue investigando cómo pudo llegar hasta España, aunque se apunta a que "hay intercambio de colmenas, y de material biológico".
El problema es "realmente grave" afirma Higes, al tiempo que se lamenta de que nadie les hiciera caso hace dos años acusándoles de alarmistas. "Somos científicos, somos gente de universidad y nuestra intención no es alarmar sino solucionar problemas. Lo que nos llena de desconsuelo es que haya tenido que llegar el parásito a Estados Unidos para que se haya dado credibilidad a nuestro trabajo".
Los científicos españoles han resuelto un enigma para el que había múltiples hipótesis. En un primer momento se apuntó a los pesticidas de uso agrícola como causa, pero daba igual que las colmenas estuvieran en zonas de valle o de montaña, cerca o lejos de cultivos, porque les afectaba de la misma manera. "El problema de los pesticidas es real, son tóxicos para las abejas, pero no están detrás del despoblamiento", afirma Higes. Otras teorías apuntaban a las ondas de telefonía. Los que más cerca estaban fueron quienes sospecharon de un parásito tradicional de las abejas, el Nosema apis, pero los análisis de ADN han descartado esta teoría.
Ahora, al rebufo de la alarma procedente de EE UU, los científicos del Centro Apícola de Castilla-La Mancha han visto reconocidos sus esfuerzos. Un trabajo en el que no han estado solos. Higes insiste en mencionar al equipo del Departamento de Sanidad Animal I de la Facultad de Veterinaria de Madrid, el Departamento de Química Analítica de la Universidad de Valladolid, el equipo de parasitología de la Facultad de Farmacia de la Universidad San Pablo CEU y especialistas del laboratorio de ADN de la Policía Científica de Madrid, que en esta ocasión les han ayudado a seguir la pista a las abejas.
Un coche con centenares de abejas causa la alarma entre vecinos de Horta de Barcelona
BARCELONA
Un coche con centenares de abejas pegadas en la parte trasera externa del vehículo ha cayscausó esta tarde la alarma entre los vecinos del barrio de Horta de Barcelona.
El automóvil estaba estacionado a la altura del número 2 de la calle Mestre Serradesanferm y sobre las cinco de la tarde varios viandantes se percataron de la presencia de los insectos, cuyo origen se desconoce.
Un vecino de la zona ha explicado: "Había unas 2.000 abejas y la gente se ha asustado mucho. Han llamado a la Guardia Urbana y ha venido un apicultor que ha estado tirando humo para llevárselas después".
Un portavoz de la Guardia Urbana ha confirmado que enviaron a un apicultor a la zona y remarcó que no tienen constancia de que se haya producido ninguna picadura.
Un coche con centenares de abejas pegadas en la parte trasera externa del vehículo ha cayscausó esta tarde la alarma entre los vecinos del barrio de Horta de Barcelona.
El automóvil estaba estacionado a la altura del número 2 de la calle Mestre Serradesanferm y sobre las cinco de la tarde varios viandantes se percataron de la presencia de los insectos, cuyo origen se desconoce.
Un vecino de la zona ha explicado: "Había unas 2.000 abejas y la gente se ha asustado mucho. Han llamado a la Guardia Urbana y ha venido un apicultor que ha estado tirando humo para llevárselas después".
Un portavoz de la Guardia Urbana ha confirmado que enviaron a un apicultor a la zona y remarcó que no tienen constancia de que se haya producido ninguna picadura.
Los apicultores gallegos exigen una estricta homologación de los pesticidas
Desaparecen abejas cerca de huertos, maizales y eucaliptales tratados con neurotóxicos
Piden que se prohíban los más tóxicos porque cada año se pierde el 30% de la colonia
Xavier Lombardero | redacción
Desaparecen en invierno sin dejar rastro y extraña que se vayan dejando la miel en el panal. Los apicultores gallegos califican de «calamidad» y de situación inquietante el despoblamiento de las colmenas. Para salvar la fauna polinizadora -la abeja fecunda el 80% del entorno vegetal, unas 20.000 especies, y de su acción depende el 40% de la alimentación-, los profesionales exigen la estricta aplicación de la directiva europea sobre homologación de productos fitosanitarios y quieren que los poderes públicos favorezcan una agricultura realmente respetuosa con el medio ambiente, prohibiendo aquellos más tóxicos.
La desaparición de abejas preocupa y desconcierta a los apicultores. Técnicos de la Asociación Galega de Apicultura (AGA) creen que el nexo común del problema, que afecta a distintos continentes, es el empleo abusivo de fitosanitarios agrícolas cada vez más tóxicos, pero muchos abejeros prefieren creer que se trata de una enfermedad. «É lóxico que algúns pensen así, porque desa maneira albergan a esperanza de que poderá tratarse con algún produto», señala el secretario técnico de AGA, Xesús Asorey. Éste sostiene que, después de haber sobrevivido a todos los cambios climáticos, las abejas están amenazadas por razones de alteraciones profundas del medio ambiente debidas, sobre todo, a prácticas agrícolas inadaptadas y poco escrupulosas. «Demandamos unha reflexión no seo dos Gobernos de todos os países, xa que a situación é idéntica en todo o mundo», exhorta.
Si en las montañas de brezo y castaños pierden abejas y desciende la producción de miel, más patente resulta en zonas de montes cultivados y agricultura intensiva. María Consuelo López Román, de Apicultura Viveiro, trata con diversos apicultores del norte de Lugo y A Coruña. «Todo el mundo se queja -explica-, aunque hay lugares más afectados que otros y no sabemos bien por qué desaparecen. No queda ni la reina. Es necesario investigar, pues la gente especula si será del purín, del maíz tratado o si podrían huir de la plaga de goníptero, el bicho del eucalipto».
Cerca de cultivos
María Consuelo López sostiene que el complejo mundo de las abejas tiene muchos misterios por desentrañar. Ha sabido de profesionales de Mañón que obtuvieron buena cosecha, mientras que otra de A Regueira (Xove) ha perdido varias colmenas. Dice que es habitual que pequeños apicultores para autoconsumo pierdan dos o tres colmenas de las cinco o siete que cuidan. Desde AGA constatan que el abandono puede darse en un apiario cercano a cultivos tratados con pesticidas, y no en otro a 500 metros y rodeado de monte. La solución sería reubicarlo y realizar núcleos de colmenas propios para reponer bajas al año siguiente.
Las abejas desaparecen cerca de lugares con horticultura y frutales, maizales de semillas tratadas con Imidacloprid o Fipronil, campos de trigo, centeno y en eucaliptales fumigados.
Piden que se prohíban los más tóxicos porque cada año se pierde el 30% de la colonia
Xavier Lombardero | redacción
Desaparecen en invierno sin dejar rastro y extraña que se vayan dejando la miel en el panal. Los apicultores gallegos califican de «calamidad» y de situación inquietante el despoblamiento de las colmenas. Para salvar la fauna polinizadora -la abeja fecunda el 80% del entorno vegetal, unas 20.000 especies, y de su acción depende el 40% de la alimentación-, los profesionales exigen la estricta aplicación de la directiva europea sobre homologación de productos fitosanitarios y quieren que los poderes públicos favorezcan una agricultura realmente respetuosa con el medio ambiente, prohibiendo aquellos más tóxicos.
La desaparición de abejas preocupa y desconcierta a los apicultores. Técnicos de la Asociación Galega de Apicultura (AGA) creen que el nexo común del problema, que afecta a distintos continentes, es el empleo abusivo de fitosanitarios agrícolas cada vez más tóxicos, pero muchos abejeros prefieren creer que se trata de una enfermedad. «É lóxico que algúns pensen así, porque desa maneira albergan a esperanza de que poderá tratarse con algún produto», señala el secretario técnico de AGA, Xesús Asorey. Éste sostiene que, después de haber sobrevivido a todos los cambios climáticos, las abejas están amenazadas por razones de alteraciones profundas del medio ambiente debidas, sobre todo, a prácticas agrícolas inadaptadas y poco escrupulosas. «Demandamos unha reflexión no seo dos Gobernos de todos os países, xa que a situación é idéntica en todo o mundo», exhorta.
Si en las montañas de brezo y castaños pierden abejas y desciende la producción de miel, más patente resulta en zonas de montes cultivados y agricultura intensiva. María Consuelo López Román, de Apicultura Viveiro, trata con diversos apicultores del norte de Lugo y A Coruña. «Todo el mundo se queja -explica-, aunque hay lugares más afectados que otros y no sabemos bien por qué desaparecen. No queda ni la reina. Es necesario investigar, pues la gente especula si será del purín, del maíz tratado o si podrían huir de la plaga de goníptero, el bicho del eucalipto».
Cerca de cultivos
María Consuelo López sostiene que el complejo mundo de las abejas tiene muchos misterios por desentrañar. Ha sabido de profesionales de Mañón que obtuvieron buena cosecha, mientras que otra de A Regueira (Xove) ha perdido varias colmenas. Dice que es habitual que pequeños apicultores para autoconsumo pierdan dos o tres colmenas de las cinco o siete que cuidan. Desde AGA constatan que el abandono puede darse en un apiario cercano a cultivos tratados con pesticidas, y no en otro a 500 metros y rodeado de monte. La solución sería reubicarlo y realizar núcleos de colmenas propios para reponer bajas al año siguiente.
Las abejas desaparecen cerca de lugares con horticultura y frutales, maizales de semillas tratadas con Imidacloprid o Fipronil, campos de trigo, centeno y en eucaliptales fumigados.
Un hombre sobrevive tras recibir 133 picotazos de abeja en la cabeza
Javier Jorge pudo salvar la vida gracias a la rapidez del equipo sanitario y a que no es alérgico al veneno que segrega la apis mellifica.
Javier Jorge, un joven vecino de Valeria (Cuenca), pensará en las abejas cada vez que tome miel no como gesto de agradecimiento a la labor de estos animalillos sino con justificable temor. Esta semana fue víctima del ataque de cientos de abejas cuando se encontraba a las afueras del pueblo. Hasta 133 picotazos llegaron a contar en su cabeza cuando fue trasladado a la UVI de un hospital de la que ha acabado saliendo de forma milagrosa.
La desventura vivida por este joven se inició a raíz de un accidente de tráfico sufrido por un camión que transportaba panales de abejas. Su propietario recogió los panales dejando a los insectos sueltos y sin su reina. El desconcierto que debieron de sentir las abejas tuvo que ser tan grande que se desahogaron con el primer ser humano con quien se encontraron: Javier Jorge, que ha decidido denunciar los hechos. «Me picaron por la tarde. Por la mañana se llevaron las colmenas pero, al parecer, eso hay que hacerlo por la noche. Por esto las abejas quedaron sueltas sin la reina», relata este joven, que ha podido salvar la vida porque el equipo sanitario que lo atendió actuó rápidamente y porque no es alérgico al veneno que segrega la apis mellifica.
Las abejas responsables de este ataque son «muy agresivas», según cuentan los vecinos de este pequeño pueblo de menos de 150 habitantes famoso por su yacimiento romano. Varios de ellos han recibido la picadura de alguno de estos insectos que se han atrevido a acercarse al pueblo. Pocos son los que se atreven a dar un paseo por el campo o atender sus tierras de labranza por miedo a encontrarse con ellas.
Este suceso ocurrido en la provincia de Cuenca no ha sido el único que recientemente han protagonizado las abejas: el pasado miércoles un camión que transportaba 250.000 abejas en Sagunto (Valencia) volcó originando una nube inmensa de insectos en un camino rural cercano a la AP-7.
Javier Jorge, un joven vecino de Valeria (Cuenca), pensará en las abejas cada vez que tome miel no como gesto de agradecimiento a la labor de estos animalillos sino con justificable temor. Esta semana fue víctima del ataque de cientos de abejas cuando se encontraba a las afueras del pueblo. Hasta 133 picotazos llegaron a contar en su cabeza cuando fue trasladado a la UVI de un hospital de la que ha acabado saliendo de forma milagrosa.
La desventura vivida por este joven se inició a raíz de un accidente de tráfico sufrido por un camión que transportaba panales de abejas. Su propietario recogió los panales dejando a los insectos sueltos y sin su reina. El desconcierto que debieron de sentir las abejas tuvo que ser tan grande que se desahogaron con el primer ser humano con quien se encontraron: Javier Jorge, que ha decidido denunciar los hechos. «Me picaron por la tarde. Por la mañana se llevaron las colmenas pero, al parecer, eso hay que hacerlo por la noche. Por esto las abejas quedaron sueltas sin la reina», relata este joven, que ha podido salvar la vida porque el equipo sanitario que lo atendió actuó rápidamente y porque no es alérgico al veneno que segrega la apis mellifica.
Las abejas responsables de este ataque son «muy agresivas», según cuentan los vecinos de este pequeño pueblo de menos de 150 habitantes famoso por su yacimiento romano. Varios de ellos han recibido la picadura de alguno de estos insectos que se han atrevido a acercarse al pueblo. Pocos son los que se atreven a dar un paseo por el campo o atender sus tierras de labranza por miedo a encontrarse con ellas.
Este suceso ocurrido en la provincia de Cuenca no ha sido el único que recientemente han protagonizado las abejas: el pasado miércoles un camión que transportaba 250.000 abejas en Sagunto (Valencia) volcó originando una nube inmensa de insectos en un camino rural cercano a la AP-7.
domingo, 6 de mayo de 2007
¿Por qué desaparecen las abejas?
En España se han perdido 9.000 millones de insectos en los últimos años según un fenómeno universal, atribuido a diversos factores aunque ninguno aún definitivo
Misterio. Es la palabra que utilizan incluso los expertos a la hora de encarar la desaparición masiva de abejas. En EE UU han dado la voz de alarma recientemente, pero en España ya se conocía bien el problema y se estima que han desaparecido 9.000 millones de abejas. El cambio climático, los nuevos insecticidas y los teléfonos móviles son tres candidatos entre docenas a explicar el fenómeno que puede limitar drásticamente la polinización y amenazar a la humanidad
Oviedo, J. N.
Las abejas desaparecen. Se diría que es un título sacado de un relato de ciencia ficción, pero es así. Y desde hace años. El fenómeno se produce con fuerza últimamente en EE UU y quizá de ahí su popularización. Pero en España es tan conocido como relativamente antiguo y difícil de atajar. A la hora de las hipótesis explicativas se barajan muchas, pero ninguna convincente.
En su día, Einstein dijo que «si desaparecieran las abejas, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres». Un pronóstico que sonaba a maldición y que se está empezando a cumplir.
Pero ¿por qué desaparecen abejas? Unos afirman que se debe a los insecticidas, a las nuevas modalidades de plaguicidas, que afectarían a unos animales tan laboriosos y sociales como sensibles a los cambios. También se considera como factor de incidencia negativa el transporte comercial de colmenas para polinizar diferentes territorios. Los transgénicos y la modificación genética de las plantas para producir en mayor cantidad y calidad los alimentos tampoco se escapan de las sospechas. En Alemania especialmente se considera como causa más que probable de la desaparición misteriosa de las abejas la creciente actividad de los teléfonos móviles y de las ondas electromagnéticas asociadas al funcionamiento de los celulares. Sobre todo se pone el acento en las antenas, ya que administran elevadas potencias que podrían interferir en el sistema natural de navegación de las abejas, desorientándolas e impidiendo su regreso a las colmenas. Y es que una de las opiniones más extendidas es que las abejas, por la causa que sea, se pierden, no saben volver y mueren agotadas.
En España el problema es bien conocido, aunque no muy popular. En Castellón ya han alertado de que en diez años la provincia se va a quedar sin abejas. Al ritmo actual, cada año desaparecen cerca de 150 millones de insectos de las colmenas establecidas en ese territorio. La opinión más extendida allí es que el fenómeno es una consecuencia negativa más del cambio climático. El experto Enric Simó destaca que «10.000 panales al año se ven afectados por esta situación, conocida como síndrome del despoblamiento», de forma que si el censo es de 100.000 panales, en sólo 10 años podrían desaparecer en su totalidad en Castellón. Efectivamente, la provincia pierde cerca de 150 millones de abejas al año, teniendo en cuenta que cada colmena debe tener, como mínimo, 15.000 insectos para estar en equilibrio.
Pero hay más posibilidades. Una destacada es la barrosis, enfermedad que afecta a la apicultura a nivel mundial desde 1985 y sigue siendo un azote. También el agente patógeno conocido como «Nosema ceranae», que según investigadores de Castilla-La Mancha, comunidad muy afectada, «ha saltado de especie, de la asiática a la europea, y hasta que ésta se acostumbre la está diezmando».
En España se han despoblado 300.000 colmenas que tenían unos 9.000 millones de insectos. Francisco Puerta, especialista en apicultura de la Universidad de Córdoba, destaca que «ningún factor se basta por sí solo para explicar la mortalidad, pero todos pueden contribuir. El origen del problema es sutil y crónico, no agudo».
Por su parte, el biólogo Antonio Gómez Pajuelo apunta el debilitamiento de las abejas debido a años de sequías o heladas. «Los animales tienen que volar mucho para comer y beber, lo que les genera un especie de estrés» que les acorta su vida. Las abejas se renuevan continuamente. En invierno, con poca actividad, pueden vivir hasta cuatro meses. En primavera, no más de dos meses y medio, y en el otoño, normalmente con mayor sequía, aumenta la mortalidad. «Una abeja vive unos 800 kilómetros. En otoño llega a recorrer hasta 20 kilómetros diarios y perece a los 40 días», explica el experto.
Misterio. Es la palabra que utilizan incluso los expertos a la hora de encarar la desaparición masiva de abejas. En EE UU han dado la voz de alarma recientemente, pero en España ya se conocía bien el problema y se estima que han desaparecido 9.000 millones de abejas. El cambio climático, los nuevos insecticidas y los teléfonos móviles son tres candidatos entre docenas a explicar el fenómeno que puede limitar drásticamente la polinización y amenazar a la humanidad
Oviedo, J. N.
Las abejas desaparecen. Se diría que es un título sacado de un relato de ciencia ficción, pero es así. Y desde hace años. El fenómeno se produce con fuerza últimamente en EE UU y quizá de ahí su popularización. Pero en España es tan conocido como relativamente antiguo y difícil de atajar. A la hora de las hipótesis explicativas se barajan muchas, pero ninguna convincente.
En su día, Einstein dijo que «si desaparecieran las abejas, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres». Un pronóstico que sonaba a maldición y que se está empezando a cumplir.
Pero ¿por qué desaparecen abejas? Unos afirman que se debe a los insecticidas, a las nuevas modalidades de plaguicidas, que afectarían a unos animales tan laboriosos y sociales como sensibles a los cambios. También se considera como factor de incidencia negativa el transporte comercial de colmenas para polinizar diferentes territorios. Los transgénicos y la modificación genética de las plantas para producir en mayor cantidad y calidad los alimentos tampoco se escapan de las sospechas. En Alemania especialmente se considera como causa más que probable de la desaparición misteriosa de las abejas la creciente actividad de los teléfonos móviles y de las ondas electromagnéticas asociadas al funcionamiento de los celulares. Sobre todo se pone el acento en las antenas, ya que administran elevadas potencias que podrían interferir en el sistema natural de navegación de las abejas, desorientándolas e impidiendo su regreso a las colmenas. Y es que una de las opiniones más extendidas es que las abejas, por la causa que sea, se pierden, no saben volver y mueren agotadas.
En España el problema es bien conocido, aunque no muy popular. En Castellón ya han alertado de que en diez años la provincia se va a quedar sin abejas. Al ritmo actual, cada año desaparecen cerca de 150 millones de insectos de las colmenas establecidas en ese territorio. La opinión más extendida allí es que el fenómeno es una consecuencia negativa más del cambio climático. El experto Enric Simó destaca que «10.000 panales al año se ven afectados por esta situación, conocida como síndrome del despoblamiento», de forma que si el censo es de 100.000 panales, en sólo 10 años podrían desaparecer en su totalidad en Castellón. Efectivamente, la provincia pierde cerca de 150 millones de abejas al año, teniendo en cuenta que cada colmena debe tener, como mínimo, 15.000 insectos para estar en equilibrio.
Pero hay más posibilidades. Una destacada es la barrosis, enfermedad que afecta a la apicultura a nivel mundial desde 1985 y sigue siendo un azote. También el agente patógeno conocido como «Nosema ceranae», que según investigadores de Castilla-La Mancha, comunidad muy afectada, «ha saltado de especie, de la asiática a la europea, y hasta que ésta se acostumbre la está diezmando».
En España se han despoblado 300.000 colmenas que tenían unos 9.000 millones de insectos. Francisco Puerta, especialista en apicultura de la Universidad de Córdoba, destaca que «ningún factor se basta por sí solo para explicar la mortalidad, pero todos pueden contribuir. El origen del problema es sutil y crónico, no agudo».
Por su parte, el biólogo Antonio Gómez Pajuelo apunta el debilitamiento de las abejas debido a años de sequías o heladas. «Los animales tienen que volar mucho para comer y beber, lo que les genera un especie de estrés» que les acorta su vida. Las abejas se renuevan continuamente. En invierno, con poca actividad, pueden vivir hasta cuatro meses. En primavera, no más de dos meses y medio, y en el otoño, normalmente con mayor sequía, aumenta la mortalidad. «Una abeja vive unos 800 kilómetros. En otoño llega a recorrer hasta 20 kilómetros diarios y perece a los 40 días», explica el experto.
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